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La Nueva Eugenesia

by Jesse ReynoldsZ Magazine
November 1st, 2002

Mientras escribo este artículo, delegados de todo el mundo se reúnen en la sede de Naciones Unidas para tomar medidas conducentes a la creación de una convención internacional que prohíba la clonación humana reproductiva. La clonación es la tecnología de manipulación genética y reproductiva de seres humanos más reciente y llamativa, que ha despertado una gran polémica y mantiene a la sociedad dividida. Además, durante varios años, periódicos universitarios han publicado casos de pagos de ingentes sumas a "donantes" de óvulos con características concretas (véase "Tecnologías de reproducción asistida" en el número de julio/agosto de 2002 de Z Magazine). Recientemente se ha hablado del diagnóstico genético previo a la implantación, que consiste en el análisis de los embriones para averiguar si poseen ciertas características genéticas antes de implantarse mediante la técnica de fecundación in vitro, con vistas a seleccionar el sexo o descartar enfermedades hereditarias. La ingeniería genética para rasgos hereditarios, la tecnología susceptible de causar el mayor impacto social y biológico hasta el momento, pronto suscitará un debate público.

La clonación humana con fines reproductivos ya no es considerada ciencia ficción imposible ni tabú. La tecnología es inminente, y ya hay varios científicos sin escrúpulos trabajando en la clonación de niños. Pese a que más de treinta países ya han aprobado leyes que prohíben la clonación reproductiva, Estados Unidos no se cuenta entre ellos. Los medios de comunicación estadounidenses, en vez de centrar su atención en el reciente fracaso del Senado en prohibir una tecnología rechazada por más del 90% de norteamericanos, publican enternecedoras historias de parejas que desean clones y favorecen a partidarios de la clonación como Severino Antinori. La compasión y el espectáculo generados sólo han servido para confundir más a la opinión pública.

Tanto la clonación reproductiva como las demás tecnologías indicadas anteriormente ofrecen la posibilidad de preseleccionar la composición genética de los vástagos. Los hijos ya no serán fines en sí mismos aceptados incondicionalmente, sino que se convertirán en medios para lograr un objetivo. Si a esto le añadimos la creencia cada vez más arraigada de que la genética marca el destino, los seres humanos serán considerados genéticamente superiores o inferiores. Se dará paso a una nueva eugenesia, impulsada por el mercado "libre" y la innovación tecnológica. Peor aún, si sus defensores logran justificar la clonación reproductiva como el derecho a elegir, y la ingeniería genética de rasgos hereditarios como un medio de erradicar enfermedades, es probable que incluso liberales y progresistas den su consentimiento, cuando no su apoyo.

No cabe duda de que, en el mercado de "mejoras" genéticas, sólo los que cuenten con medios económicos podrán permitírselas (véase "La eugenesia de los yuppies", en el número de marzo de 2002 de Z Magazine), y los privilegios socioeconómicos se ampliarán a los genéticos. Los que luchan para defender los derechos humanos, la igualdad y la justicia social deben oponerse a este abominable futuro de castas genéticas. No hay que olvidar que el movimiento eugenésico de hace cien años surgió en gran parte con el apoyo de progresistas y defensores de la libertad de reproducción. Sin embargo, se tradujo en cientos de miles de esterilizaciones forzosas en Estados Unidos y, tras pasar por la deplorable lógica del fascismo, tuvo peores consecuencias en Europa. Barbara Katz Rothman, catedrática de sociología, advierte de que "la historia nos ha enseñado qué ocurre cuando la gente se clasifica en mejor y peor, superior e inferior, digna de vivir y no tanto. ¿Qué puede ocurrir si la tecnología utilizada para defender el concepto genético no es la brutal tecnología de grilletes y barcos de esclavos, de duchas de gas letal y crematorios, o ni siquiera la tecnología de esterilización quirúrgica, sino la magnífica y extraordinaria tecnología de la nueva genética? Mis hijos no conocerán la tecnología genética con cadenas y grilletes, ni hacinados en vagones de ganado. Se la pondrán en bandeja". Por mucho que progresistas y liberales se estremezcan ante este panorama, recabar su oposición a la nueva eugenesia tecnológica no es tarea fácil.

Al igual que ha ocurrido con la ingeniería genética en agricultura, la biotecnología y los sectores afines confían en utilizar las leyes de propiedad intelectual y las estructuras neoliberales para privatizar los conocimientos genéticos. Lo más probable es que sigan persiguiendo este objetivo y entren en el lucrativo mercado de "bebés de diseño" para gente acomodada, mediante el uso de tácticas perfeccionadas en el debate sobre clonación. Imagínense un futuro así:

La clonación reproductiva es conocida como "reproducción de gemelos separados en el tiempo".

Las prohibiciones se ven como una violación del derecho de las mujeres a elegir y una discriminación contra futuros clones.

La ingeniería genética humana somática (no hereditaria) se ofrecerá para curar enfermedades.

Tras unas cuantas modificaciones genéticas hereditarias "fortuitas", tales prácticas serán defendidas, y posteriormente comercializadas, por las empresas de biotecnología como un medio de erradicar para siempre enfermedades y acabar con los genes peligrosos.

Al no existir una distinción clara entre la curación de enfermedades y las mejoras genéticas (por ejemplo, eliminar el gen que hace que una persona sea propensa a sufrir obesidad), dentro de poco los padres con medios económicos podrán diseñar el genoma de sus hijos para que sean guapos, inteligentes, deportistas y ambiciosos.

En cada una de estas etapas, los defensores de las nuevas tecnologías eugenésicas intentarán normalizarlas poco a poco, pese a repugnancia general que despiertan. Lo que es más alarmante, intentarán manipular los conflictos políticos tradicionales para dividir a sus detractores. La mayoría de progresistas y muchos centristas comparten una visión del mundo en la que la humanidad está compuesta por seres iguales, miembros de una comunidad más importante que las transacciones económicas que allí se hacen. No obstante, el sector de la biotecnología tiene dos cartas que jugar con vistas a fracturar esta coalición, ambas puestas de manifiesto en el reciente debate sobre clonación.

En primer lugar, argumenta que las tecnologías reproductivas amplían las posibilidades de elección de las mujeres, y que las prohibiciones atentan contra su derecho a disponer de su cuerpo, de modo que, no sólo obtienen el favor de liberales, sino también el de los posibles opositores de la derecha de la corriente pro vida.

En segundo lugar, la investigación biomédica sigue siendo una vaca sagrada inmune a las críticas que tradicionalmente recaen sobre otros sectores similares. Pocos críticos del poder de las multinacionales se detienen ante acusaciones de irresponsabilidad de las centrales nucleares, las plantas químicas o incluso el sector farmacéutico. Pero poner de manifiesto los inconvenientes de cierto tipo de investigación médica, como que centre su atención en rentables curas para ricos y que pretenda patentar los conocimientos biológicos, normalmente se ve como un intento de obstaculizar los avances médicos comparable a un asesinato.

Las cuestiones que rodean estas nuevas tecnologías, con sus abominables consecuencias, no entran en las discusiones políticas tradicionales. De este modo, los que se oponen a su uso, especialmente los progresistas y liberales, son vulnerables a la manipulación política de los que las defienden. La imposición de una falsa dicotomía entre la derecha y la izquierda por parte del sector de la biotecnología y los libertarios radicales hace que los críticos del excesivo poder de las empresas se dividan, se marginen y acaben por ser derrotados, pese a ser mayoría.

Cada vez más, las principales cuestiones que preocupan a progresistas se pueden entender mejor en el contexto de las tensiones entre una concepción del mundo comunitaria apoyada en la justicia social y la solidaridad, y otra cimentada en el libertarismo. De aquí han surgido nuevas coaliciones. Por ejemplo, en el caso de los acuerdos mundiales de derechos de los inversores, como el ALCA y la OMC, algunos centristas se aliaron con verdes, socialistas y sindicatos para oponerse al programa de los partidarios del libertarismo empresarial, tanto democráticos como republicanos. Es obvio que los sentimientos libertarios de la izquierda han sido manipulados por la retórica de las élites económicas y los intereses empresariales en dividir y conquistar a sus críticos. No cabe duda de que volverán a intentarlo, y hay que extremar la prudencia a la hora de priorizar estos valores libertarios a expensas de la justicia social, sobre todo cuando aquellos que exigen "libertad" con mayor vehemencia disfrutan de privilegios socioeconómicos.

Las deliberaciones de Naciones Unidas suponen un paso en la dirección acertada, y una oportunidad que no hay que desperdiciar. Ninguna nación ha expresado su oposición a una prohibición de la clonación humana con fines reproductivos. Sin embargo, como en el Senado estadounidense, la cuestión se confunde con la clonación terapéutica, en la que se crean embriones humanos que posteriormente se utilizarán para investigaciones sobre tecnologías con células madre. Existe la preocupación de que, si se autoriza la clonación terapéutica, resultará imposible prohibir la clonación reproductiva. Por contraste, los antiabortistas consideran que la clonación terapéutica supone un aborto en nombre de la ciencia. En la actualidad, un reducido grupo de países con líderes contrarios al derecho a elegir amenazan con boicotear la convención sobre clonación. Por lo visto, prefieren que no haya prohibición alguna antes que una que vete únicamente la clonación reproductiva. Sería una lástima, dado que se trata del primer tratado sobre bioética de la ONU, que además cuenta con el respaldo del resto de países.

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